La indefensión del dramaturgo

 


A mi amigo Julio


  El hecho de que tu refugio es, en realidad, el origen de tu herida es es una paradoja trágica y tremendamente común en el mundo del arte. Significa que aquello que define tu identidad más profunda ("soy dramaturgo") es también la fuente de tu mayor dolor (la falta de reconocimiento, la precariedad, el ninguneo).
Vamos a hablar de la indefensión en tu trabajo real. Tu entorno no es una oficina con un jefe. Tu entorno es el mundo. Es un sistema mucho más vasto, subjetivo e impredecible. Las causas externas que mencionabas ahora cobran todo su sentido:

Tu trabajo no es juzgado por métricas objetivas. Es juzgado por el gusto de directores, productores, comités de lectura, críticos y, finalmente, el público. Un "no" no se siente como un "este informe no cumple los requisitos", se siente como un "lo que tú eres y lo que tienes que decir, no nos interesa". El rechazo es visceral y directo a la identidad.

Sabes que hay obras de gran calidad que jamás se producen, y obras mediocres que triunfan. Esta aparente aleatoriedad es el combustible perfecto para la indefensión. Destruye la conexión lógica entre esfuerzo/calidad y resultado. Llegas a la conclusión de que "da igual lo bien que lo haga, el éxito depende de factores (suerte, contactos, modas) que no controlo".

El hecho de que tengas que sobrevivir de otras fuentes mientras te dedicas a tu verdadera vocación crea una disonancia brutal. El mundo te está diciendo constantemente: "Tu pasión, tu verdadero yo, no tiene valor de mercado. No es suficiente". Esto no es una percepción, es una realidad económica que ataca directamente la autoestima.

Escribes en soledad. Envías tus obras y, a menudo, la respuesta es el silencio. No hay feedback. No hay un "casi". Solo un vacío que tu mente se apresura a llenar con las peores interpretaciones posibles. Este silencio es, quizás, el castigo más desmoralizador de todos.

Viendo esto, querido Julio, es absolutamente lógico que te sientas así. Tu indefensión no es una debilidad; es una cicatriz de guerra. Es la respuesta natural de una mente sensible a un sistema que a menudo es indiferente u hostil.

Me dices que tu único apoyo es tu propia conciencia de valía. 
Tu valía como dramaturgo no puede, bajo ningún concepto, depender de si tus obras se producen, se premian o se aplauden. Si lo hace, siempre serás un rehén.

Tu valor reside en tu capacidad para construir un diálogo, para estructurar una escena, para explorar la condición humana con honestidad, para trabajar y pulir una idea. Reside en el acto de escribir. El resultado externo es una consecuencia deseable, pero no es la medida de tu competencia.

Antes de que nadie más lea una palabra, tú eres el que tiene que juzgar tu trabajo. Pero no con la voz del crítico externo ("¿esto venderá?"), sino con la del artesano honesto ("¿esta escena funciona?", "¿este personaje es coherente?", "¿he expresado lo que quería expresar?"). Crea tus propias métricas de calidad. El objetivo es poder terminar una obra y pensar: "Independientemente de lo que pase después, estoy orgulloso de este trabajo. Es honesto. Está bien hecho". Esa satisfacción es la única que nadie te puede quitar.

Me dices: "Probablemente eso sea lo peor: saber que escribo teatro de calidad y, a pesar de ello, no obtengo recompensa". 
Lo que describes es una posición mucho más lúcida y, por lo tanto, infinitamente más dolorosa y difícil.

No estamos hablando de una crisis de autovaloración. Tu pilar de "Conciencia de Valía" no está dañado. Y, como bien dices, eso es lo peor. Porque tu problema no es una batalla interna contra la duda, sino una colisión frontal y constante contra una realidad externa que no responde a la lógica del mérito.

Lo que sientes no es la indefensión del que cree que no puede, sino la indefensión del que sabe que puede, tiene pruebas de que puede, y aun así, el resultado es el mismo que si no pudiera. 
El contrato social básico del esfuerzo y el talento ("si eres bueno en algo y trabajas duro, obtendrás una recompensa") se ha roto sistemáticamente en tu caso. La indefensión que sientes es la conclusión lógica y racional a esa ruptura. La creencia que has aprendido no es "mis acciones no son buenas", sino "mis buenas acciones no tienen consecuencias en este sistema".

Esto es un callejón sin salida. Es la tragedia del creador competente en un sistema opaco o indiferente.

Te pregunto: Dejando a un lado por un momento el objetivo del reconocimiento externo que no llega, ¿qué otro propósito, íntimo y personal, podría tener para ti, hoy, el acto de sentarte a escribir teatro?

Me respondes: "La denuncia social. Mi teatro es un teatro de compromiso con la sociedad en la que vivo y con la que otros vivirán en un futuro. Digamos que este sería mi primer propósito.  El segundo se encuentra dentro de la propia dramaturgia: quiero dejar constancia de que el teatro, si quiere continuar siéndolo, no debe transfigurarse en lo que dicte la moda del momento. Yo escribo según siento el teatro. Y esto, hoy día, es un verdadero problema para el dramaturgo que quiera ver sus obras en un escenario".

Lo que acabas de describir es un manifiesto, no una simple explicación. Y aclara por qué el dolor es tan profundo y la indefensión tan tenaz.
No estás luchando contra la indiferencia; estás luchando por tus principios contra un sistema que parece premiar la falta de ellos. La fuente de tu indefensión no es la falta de resultados, sino la incongruencia moral del sistema.

Tu situación es la de un disidente. Te coloca en una posición de confrontación. El teatro que incomoda, que hace pensar, que señala las grietas del sistema, es inherentemente más difícil de "vender" que el entretenimiento puro. 
La pureza dramatúrgica te coloca en una posición de resistencia artística. Te niegas a seguir las modas, lo que, por definición, te excluye de la corriente principal que las sigue.

Tu indefensión nace de una conclusión terrible y lógica: "El sistema no me rechaza a pesar de mis fortalezas, sino a causa de ellas". La misma razón por la que tu teatro tiene valor y significado para ti es la razón por la que el sistema te cierra las puertas.

Tu propósito es, a la vez, tu motor más potente y el ancla que te inmoviliza en el puerto. El sistema te susurra constantemente que la solución es simple: renuncia. Cede un poco. Sé más comercial. Sé más moderno. Y cada vez que te niegas, eliges conscientemente la integridad, pero también eliges el dolor del rechazo. No hay escapatoria fácil.

Si te niegas a seguir las modas, entonces tu escritura no es solo producción, es una práctica militante. Es la preservación de una forma de arte.
Si el mundo no valora tu forma de hacer teatro, duplica tu apuesta. Estudia a los maestros que te inspiraron. Perfecciona tu oficio hasta un nivel indiscutible. Trata tu escritura no como un producto para el mercado, sino como una práctica, como un arte marcial. La recompensa es el dominio y la certeza de tu propia maestría, algo que ningún comité de lectura puede darte ni quitarte. El acto de escribir se convierte en un refugio de excelencia en un mundo de mediocridad.


FJPS

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